Enrico Fubini: los compromisos del lenguaje musical

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Tiene lo suyo, “descubrir” a Fubini a estas alturas. Después de las clases de estética en las que fue nuestro manual principal. Pero bueno, uno necesita las cosas cuando las necesita.

A lo que voy es a las apreciaciones, a las sutilezas de este Fubini exquisito, que ante el modelo de Charles Morris (dimensiones sintácticas, semánticas y pragmáticas de los signos), hace las siguientes apreciaciones sobre el lenguaje musical:

Una concepción humanística de la técnica musical, que no la hipostatice en una presunta y dogmática verdad, deberá reconocer la funcionalidad, convencionalidad e historicidad inherente a dicha técnica. (…) La historia de la técnica musical no converge fatalmente en un punto fijo, ya se trate de la dodecafonía o de la armonía [tonal], por consistir en un continua elección que se renueva constantemente, elección libre y al mismo tiempo condicionada por infinitos factores históricos y por exigencias expresivas promovidas por nuevas técnicas o por nuevos lenguajes, a los que podemos considerar, a causa de las exigencias expresivas que han comportado, autónomos y autosuficientes siempre, aun cuando hayan derivado históricamente de otros anteriores y no hayan sido creados de la nada.

Esta revisión historiográfica tiene que ser un ejercicio de precisión conceptual y lingüística que complique el pasado y el presente en una relación activa. La labor del historiador musical, del crítico, pero también del compositor, del instrumentista, del oyente (a través de esa escucha estructural que Adorno reclama) es la de poner en práctica esa libertad, desde la comprensión de que la libertad  es conocimiento, de que “la autenticidad es apropiación” (Vattimo).

La técnica lingüístico-musical, de la cual emergen de vez en cuando los significados, es un patrimonio con el que cada músico, mejor o pero, debe continuamente saldar cuentas; la técnica lingüístico-musical implica una tradición que pesa mucho y de la cual uno no se libera ni tan siquiera en el momento en que intenta anularla o transformarla; de hecho, un nuevo lenguaje adquiere significado, única y exclusivamente, si se opone al viejo y se carga de tensión dialéctica contra el pasado.

Caro Enrico, qué bien nos vamos a llevar.

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Berlin contra Hegel

Isaiah Berlin, La traición de la libertad.

Siempre ha habido quienes han preferido sentirse a salvo en algún establecimiento cerrado, encontrar un lugar seguro y justo en algún sistema rígido, en lugar de ser libres. A esa gente, Hegel la reconforta. Y sin embargo, fundamentalmente esta es una gran confusión, una identificación históricamente fatal de la libertad, como la comprendemos, con la seguridad: el sentido de pertenecer a algún lugar único en que estamos protegidos contra los obstáculos porque podemos preverlos todos. Pero eso no es lo que llamamos libertad: tal vez sea una forma de sabiduría, de lealtad, de felicidad o de santidad. La esencia de la libertad siempre ha estado en la capacidad de elegir como deseemos elegir, porque deseamos así elegir, sin cocciones, sin amenazas, no devorados por algún vasto sistema; y en el derecho a resistir, a ser impopular, a defender la propias convicciones simplemente porque son nuestras. Esta es la libertad verdadera, y sin ella no hay libertad de ninguna clase y ni siquiera la ilusión de ella.

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2016 en listas

DISCOS

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1) Blackstar (David Bowie)
2) A Moon Shaped Pool (Radiohead)
3) Skeleton Tree (Nick Cave & The Bad Seeds)
4) The Glowing Man (Swans)
5) The Colour in Anything (James Blake)

LIBROS

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1) Aminadab (Maurice Blanchot)
2) Ludwig Wittgenstein (Ray Monk)
3) Alfabeto (Inter Christensen)
4) Sobre la interpretación (Susan Sontag)
5) Tarea de esperanza (Yves Bonnefoy)
6) Las pequeñas virtudes (Natalia Ginzburg)
7) Personajes secundarios (Joyce Johnson)
8) Mientras escribo (Stephen King)
9) La soledad del lector (David Markson)
10) Dora Bruder (Patrick Modiano)

PELÍCULAS (no estrenos)

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1) Reminiscencias de un viaje a Lituania (Jonas Mekas, 1972)
2) Peppermint Frappé (Carlos Saura, 1967)
3) Dos o tres cosas que yo sé de ella (Jean-Luc Godard, 1967)
4) Moises y Aaron (Danièle Huillet, Jean-Marie Straub, 1975)
5) Viaje a Sils Maria (Olivier Assayas, 2014)
6) Fitzcarraldo (Werner Herzog, 1982)
7) La condena (Bela Tarr, 1988)
8) El espía que surgió del frío (Martin Ritt, 1965)
9) ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962)
10) Tomates verdes fritos (Jon Avnet, 1991)

PELÍCULAS (estrenos)

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1) Los odiosos ocho (Quentin Tarantino)
2) High-Rise (Ben Wheatley)
3) El hijo de Saul (László Nemes)
4) Bone Tomahawk (S. Craig Zahler)
5) El porvenir (Mia Hansen-Løve)
6) La doncella (Park Chan-wook)
7) Las mil y una noches: Vol. 1, El inquieto (Miguel Gomes)
8) Elle (Paul Verhoeven)
9) Cemetery of Splendour (Apichatpong Weerasethakul)
10) Youth (Paolo Sorrentino)

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Sontag, de nuevo (contra lo interesante)

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De un tiempo a esta parte, la palabra interesante me da urticaria pronunciada en el contexto académico. Cuando la oigo pienso en generalidades, en investigaciones que jamás se realizarán, en escurrir el bulto, en falta de compromiso con el estudio. “Este tema es muy interesante porque…” y mi atención se dispersa, porque lo que viene será una cosa de, en realidad, poco interés. Creo que la sustitución pertinente debería ser necesarioInteresante me remite a cosas curiosas, pero que en absoluto merecen el tiempo y el rigor de la so called Academia, que en su lugar debería estar realizando trabajos necesarios, urgentes, que nos renueven la perspectiva, que abran y apuntalen caminos.

El caso es que esto procuro no decirlo muy alto, porque me parece otra de estas neuras que mejor guardarme para mí. Pero ahora, ah, ahora Sontag ha venido a mi auxilio. Casi interpelo al libro en el autobús, casi grito “¡claro, joder!”.

La novela (junto con la ópera) es el arte arquetípico del siglo XIX, expresión perfecta de la concepción de la realidad, enteramente mundana, propia de esa época, de su falta de espiritualidad verdaderamente ambiciosa, de su descubrimiento de lo “interesante” (es decir, de lo tópico, lo inesencial, lo accidental, lo mínimo, lo pasajero), su afirmación de lo que E. M. Cioran llama “destino en letras minúsculas”.

El resto del ensayo (Nathalie Sarraute y la novela) no tiene, como se puede intuir, ningún desperdicio.

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Sontag, por fin.

Ortega y Gasset, La deshumanización del arte.

Del mismo modo, quien en la obra de arte busca el conmoverse con los destinos de Juan y María o de Tristán e Isolda y a ellos acomoda su percepción espiritual, no verá la obra de arte. La desgracia de Tristán solo es tal desgracia y, consecuentemente, solo podrá conmover en la medida en que se la tome como realidad. Pero es el caso que un objeto artístico solo es artístico en la medida en que no es real… Pues bien: la mayoría de la gente es incapaz de acomodar su atención al vidrio y transparencia que es la obra de arte; en vez de esto, pasa al través de ella sin fijarse y va a revolcarse apasionadamente en la realidad humana que en la obra está aludida.

Susan Sontag, Sobre el estilo.

Como recientemente ha advertido William Earle, si Hamlet “trata” de algo, trata precisamente de Hamlet, de su situación particular, y no de la condición humana. Una obra de arte es un tipo de demostración, o plasmación, o testimonio, que da forma palpable a la conciencia; su objetivo consiste en tornar explícito algo singular. En la medida en que sea cierto que no podemos juzgar (moral, conceptualmente) a menos que generalicemos, será también cierto que la experiencia de las obras de arte y de lo que en las obras de arte está representado, trasciende el juicio… aunque la obra en sí pueda ser juzgada como arte. (…) La obra de arte está para hacernos ver  o aprehender algo singular, no para juzgar o generalizar. Este acto de aprehensión, acompañado de voluptuosidad, es el único fin válido, y la única justificación suficiente, de la obra de arte.

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Agonía

Cesare Pavese, “Agonía”, en Poesías completas.

Andaré por las calles hasta caer exhausta:
sabre vivir sola y retener en mis ojos
cualquier rostro que pase y seguir siendo la misma.
Este frescor que asciende a buscarme las venas
en un despertar que jamás había sentido tan verdadero
por la mañana: solo que hoy me noto más fuerte
que mi cuerpo y que un temblor más frío acompaña la mañana.

Lejos están las mañanas de mis veinte años.
Y mañana, veintiuno: mañana saldré a la calle,
me acuerdo de todas sus piedras y de las franjas de cielo.
Desde mañana la gente me verá nuevamente
caminando erguida y podré irme parando
y verme reflejada en los escaparates. En las mañanas de antaño,
yo era joven y no lo sabía, ni tan solo sabía
que era yo quien pasaba —una mujer dueña
de sí misma. La delgada chiquilla que fui
ha despertado de un llanto perdurado por años:
ahora es como si aquel llanto nunca hubiese existido.

Y tan sólo deseo colores. Los colores no lloran,
son como un despertar: mañana volverán
los colores. Las mujeres saldrán a la calle,
cada cuerpo, un color —e incluso, los niños.
Este cuerpo vestido de color rojo claro,
tras tanta palidez, recobrará la vida.
Sentiré en torno a mí deslizarse miradas
y sabré ser yo misma: con una simple ojeada,
me veré entre la gente. Cada nueva mañana,
saldré a la calle en busca de colores.

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La vida se oculta

Martin Heidegger, Interpretaciones fenomenológicas sobre Aristóteles.

La inclinación hacia la caída es la responsable de que la vida fáctica, que en verdad es siempre la vida del individuo, no pueda ser generalmente vivida como tal. Antes bien, la vida fáctica se mueve en un cierto término medio característico del cuidado, del trato, de la circunspección y de la aprehensión del mundo. Este término medio es en cada ocasión el de la publicidad, el del entorno, el de la corriente dominante, el del “así como muchos otros”. De hecho, el “uno” o el “se” es quien fácticamente vive la vida del individuo: uno se preocupa, uno ve, uno juzga, uno disfruta, uno trabaja y uno se plantea preguntas. La vida fáctica es vivida por el “nadie”, al que ésta consagra toda su atención. Por así decirlo, la vida siempre está de algún modo presa de tradiciones y costumbres inauténticas. Y estas tradiciones y costumbre son las que suscitan las necesidades de la vida y las que trazan las vías a través de la cuales la preocupación busca satisfacer esas mismas necesidades. En el mundo al que la vida se abandona y en el término medio por el que circula, la vida se oculta, se esconde de sí misma. La tendencia hacia la caída conduce a la vida al desencuentro consigo misma.

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Recordar

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Walter Benjamin, Crónica de Berlín.

El lenguaje ha significado, de manera inequívoca sin duda, que la memoria no es un instrumento para la exploración de lo pasado sino solamente su escenario. Es el medio pues de lo vivido, como la tierra constituye el medio dentro del cual las ciudades muertas yacen en ruinas, sepultadas. Quien trate de acercarse a su pasado debe comportarse estrictamente como un hombre que excava. Eso determina luego el tono, la actitud del auténtico recuerdo, que no teme volver constantemente, una y otra vez, al mismo estado: a esparcirlo como se esparce tierra, a revolver como se la revuelve. Pues las situaciones nunca son otra cosa que almacenamientos, como estratos que sólo tras la inspección más minuciosa nos entregan lo que constituye verdaderos valores escondidos, sumergidos dentro de la tierra: esas imágenes que, tras desprenderse de aquello que fuera su contexto, aparecen dispuestas como joyas dentro de los sobrio aposentos de una visión tardía, posterior —al igual que las ruinas o los torsos en el espacio del coleccionista—. En efecto, al objeto de emprender unas excavaciones exitosas, es preciso concebir un plan. Pero también, igual de indispensable, es la palabra cauta de tanteo que se introduce en la oscura tierra, y se engaña a sí mismo sobre lo que sería lo mejor ese que en sus escritos no conserva sino el inventario del hallazgo y no también esa oscura suerte del lugar y del punto justo y exacto del descubrimiento. De lo cual forma parte inseparable lo que fue la baldía tentativa de igual manera que la afortunada; y de ahí que el recuerdo no deba proceder en ningún caso de modo informativo o narrativo sino, en el sentido más estricto, a saber, uno épico y rapsódico, proceder a ir probando su palada, en lugares distintos, indagando en estratos más antiguos, y también más profundos, cada vez.

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Alfabeto, Inger Christensen

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las glaciaciones existen, las glaciaciones existen,

el hielo del océano Ártico y el hielo del martín pescador;
las cigarras existen; chicoria, cromo

y el iris amarillo-cromo, el azul; el oxígeno
sobre todo; existen también los témpanos del océano Ártico,
el oso polar existe, marcado como una piel
con número de identidad existe, condenado a su vida;
y la zambullida mínima del martín pescador en los arroyos

de marzo azules de hielo existe, si existen los arroyos;
si el oxígeno en los arroyos existe, el oxígeno
sobre todo; existe sobre todo donde existe el sonido i
de las cigarras, sobre todo donde existe el cielo
de la chicoria como azul turquesa diluido
en agua, el sol amarillo-cromo, el oxígeno
sobre todo; claro que existirá, claro
que existiremos, el oxígeno que respiramos existe,
adonis, lantana existen, y el interior celestial
del lago; una ensenada encerrada
con unos pocos juncos existirá, un ibis existe,
y los movimientos de la mente insuflados en las nubes
existen como remolinos de oxígeno en lo más hondo de la Estigia

y dentro del paisaje de la sabiduría la luz glacial,
el hielo idéntico a la luz, y en lo más hondo
de la luz glacial la nada, viva, intensa,
como tu mirada a través de la lluvia; esta fina
lluvia persistente que estiliza la vida, donde como un gesto
las catorce retículas del cristal existen, los siete
sistemas cristalinos, tu mirada como en la mía,
e Ícaro, Ícaro desamparado existe;

Ícaro envuelto en las alas de cera derretidas
existe, Ícaro pálido como un cadáver
vestido de civil existe, Ícaro en lo más bajo donde
las palomas existen; los soñadores, las muñecas
existen; el cabello de los soñadores con los mechones
del cáncer arrancados, la piel de las muñecas sujeta
con alfileres, el hupe de los misterios; y las sonrisas
existen, los hijos de Ícaro blancos como corderos
a través de la luz gris, claro que existirán, claro
que existiremos, y el oxígeno sobre el crucifijo del oxígeno;
como escarcha existiremos, como viento existiremos
como el iris del arcoíris en las resplandecientes excrecencias
de la hierba del rocío, hierbas de la tundra; como pequeños
existiremos, tan pequeños como un poco de polen en la turba,
como un poco de virus en los huesos, tal vez como peste de agua,
tal vez como un poco de trébol, arveja, un poco de camomila
expulsada al paraíso de nuevo perdido; pero la oscuridad
es blanca, dicen los niños, la oscuridad del paraíso es blanca,
pero no blanca de la misma manera que un ataúd
es blanco, si existen los ataúdes, y no
blanca de la manera que es blanca la leche,
si es que existe la leche; blanco, es blanco,
dicen los niños, la oscuridad es blanca, pero no
blanca de la misma manera en que existía el blanco,
cuando existían los árboles frutales, tan blancos en su florecer,
la oscuridad es más blanca, los ojos se derriten

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Tras la lectura de “Walter Benjamin”, de Gershom Scholem

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1. La nostalgia del mundo de la carta es una mierda. Con la de formas inmediatas de comunicarnos que tenemos, echar de menos la carta es una estupidez: redactarla, en muchos casos con borrador previo —o sea, tener pensamiento de una palabra inmóvil—, enviarla y no tener la certeza de que llegue, esperar la respuesta sin tener la certeza de que la haya… Y no obstante, hay algo en el recibir una carta que vale, por sí solo, para constituir una mitología. Todavía yo he escrito cartas, y las he recibido, y aunque haga tiempo ya de ello, recuerdo la carta como una forma de presencia que invalida esta queja, y la queja sobre la legitimidad de la queja, y todas las quejas subsiguientes. Y luego está el hecho de que tu intercambio de cartas pueda convertirse en literatura. La ficción epistolar siempre me ha parecido un coñazo, ya lo siento. Pero el poder acceder a la relación íntima de dos personas desde los textos íntimos que se escribían para su intimidad, buff, eso es porno. Y que esas personas sean dos singularidades como las de un estudioso de la Cábala y un filósofo ininteligible, bueno, eso ya te abre las puertas de la hiperconciencia. ¿Que a veces no entiendes nada? Pues sí. Qué le puedo hacer si vamos despacio en esto de la metafísica.

2.”Cuando uno ha reflexionado largamente sobre ciertas cosas, la posibilidad de alcanzar una comunión de ideas con alguien respetuoso y fecundo es siempre y en cualquier caso algo sublime”.

3. Uno, que como digo está poco familiarizado con la metahistoria, el mesianismo, el materialismo y otras emes, puede llegar a sentirse como pez en el agua asistiendo a las discusiones entre Scholem y Benjamin. Hay un punto infranqueable de no comprensión, que sin embargo es rodeado para asistir al momento como el que ve a dos perretes peleando sin pelear realmente. Un cariño, este sí, metahistórico, sobrevuela el testimonio del primero sobre el segundo, pintando una imagen incompleta desde lo factual, pero redonda desde la memoria. Se pasa de puntillas sobre los detalles más terribles —como el hecho de que, desde diez años antes de su suicidio verdadero, Benjamin ya lo hubiera dispuesto todo para un primer suicidio que no llegó a suceder; o los motivos por los que terminó divorciándose de Dora— para conseguir un conocimiento afectivo de la figura, que en lo que a yo respecta, ha servido para querer volver hacer el esfuerzo de descifrar cosas como La obra de arte… (y esta es de las fáciles).

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4. “Una filosofía que no es capaz de incluir y explicar la posibilidad de adivinar el futuro a partir de los posos de café,  no puede ser una filosofía auténtica”.  A afirmaciones como esta, que prueban por un lado el intento de alcanzar una sistematización de su pensamiento, y por otro el enorme interés de Benjamin por prácticamente cualquier campo del conocimiento (lo que incluye la magia y los procedimientos de expansión de la conciencia), se opone su caracterización como activo comentarista (que no crea un nuevo sistema, sino que extrae ideas a partir de sistemas ya establecidos) y una actividad creativa limitada  por colaboraciones como aquella con el Instituto de Investigación Social. Claro, todo esto es a través del filtro perceptivo de Scholem, que está bien preocupado por que su amigo vuelva a los estudios judíos. El apéndice del libro lo constituye un grupo de cartas dedicadas a ilustrar la oposición de ideas entre ambos, tras el giro marxista de Benjamin. De estas saco, más allá de la idea de que no tengo ni idea de qué hablan, la gran conclusión: si Walter Benjamin puede, como se prueba desde su intento de conciliación de una metafísica con un materialismo, tener un cacao en la cabeza, nosotros estamos en la obligación.

5. “Muchos años después se mostraría (y se muestra) a los visitantes, en uno de los dos cementerios (aquel que visitó Hannah Arendt), una tumba de Benjamin rodeada de un cercado particular de madera y, en la madera, su nombre garrapateado. Las fotografías que me presentaron indican con toda claridad que esta tumba, completamente separada y aislada de las restantes y auténticas sepulturas, no es sino una invención de los guardianes del cementerio que, habiéndose visto en numerosas ocasiones interrogados acerca del asunto, han tratado de asegurarse con ello una propina. Diversos visitantes que allí han estado me han referido igualmente la misma impresión. Ciertamente, el lugar es hermoso; pero la tumba es apócrifa”.

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